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"Medios de comunicación ¡Váyanse de Virgina Tech!"
Blacksburg. - Tres chicos muy delgados de gesto serio, luciendo gorros de lana color naranja y vaqueros descosidos entraron en la sala de prensa improvisada en el campus de la Politécnica de Virginia en la tarde del jueves, tres días después del asesinato múltiple perpetrado por Seung Hui Cho. Y, mientras las estrellas de la CNN, ABC, CBS, Fox se preparaban para otra sesión delante de la cámara, los estudiantes se pusieron a repartir pasquines: “Medios de comunicación ¡ Váyanse de Virginia Tech! Respeten la paz de la Nación Hokie (apodo del cuerpo estudiantil de la universidad) “. Algunos reporteros instintivamente les propusieron una entrevista. “No hablamos con los medios”, respondieron los tres rebeldes. Un cartel colgado cerca de los ramos de flores y los mensajes de tristeza en el césped delante del edificio principal del campus, reza: “Virginia Tech, mantente fuerte; medios manteneros fuera”. Otro pasquín que circula dice: “Somos la Nacion Hokie. Los medios se han aprovechado de nuestra situación y nos explotan por su propio sensacionalismo. No lo vamos a tolerar”.
Ha pasado algo muy extraño en Virginia Tech en los dos últimos días. Las televisiones se deshacen en elogios por los “héroes caídos” y les rinden homenaje con música sentimental y viejas fotos de familia. Estrellas como Paula Zahn de la CNN hasta han logrado verter alguna lágrima. Pero a la respuesta de cada vez más estudiantes es un boicot a los medios. “Muchas gracias pero prefiero no hablar”, se oye por doquier. “Mis editores me piden perfiles humanos pero nadie me quiere hablar”, dijo uno de los más de cien reporteros de la CNN.
Esto no se debe solamente a que NBC difundiera las imágenes de Cho, una decisión criticada por la policía, y por muchos estudiantes, sino también a la presencia de miles de periodistas en el campus y de un convoy de camiones con antenas satélite y logos corporativos aparcado delante de la sede administrativa de la universidad. Cada media hora salen de sus recintos reservados en el centro de prensa todos los presentadores celebridades, Zahn, Wolf Blitzer, Anderson Cooper y Jon King de la CNN. Para la Fox Gerardo Rivera, con su chaqueta de cuero verde esmeralda y vaqueros pese a sus sesenta años. Brian Williams de NBC. Katie Couric de CBS. Todos buscaban a jóvenes en luto para decirles que sus corazones estaban con ellos y comprobar sus dotes teatrales. Pero los estudiantes no quieren hablar y, aun más preocupante para el circo mediático, como muchos de los residentes del campus se han marchado hasta la semana próxima, los periodistas ya se encuentran en la situación embarazosa de rebasar en número a los estudiantes.
Dada la escasez de estudiantes, este periodista –o sea yo- optó por entrevistar a otros periodistas acerca de la tesis explosiva planteada por la escritora Lionel Shriver, autora de la novela “We need to talk about Kevin”. Shriver sostiene que los medios son los primeros responsables de los asesinos escolares. “Cada vez que sale la historia, cada vez que las imágenes dan la vuelta al mundo, aumenta la posibilidad de que suceda otra masacre: los asesinatos en campus ya son un género”, afirma. Y ¿quién mejor para responder a esta teoría que el millar de reporteros acampados en Virginia Tech? Pero eso tampoco resultaba fácil. Jon King, corresponsal de la CNN, puso cara de póquer y volvió a teclear en su Blackberry: “No puedo hablar”, espetó. Una reportera de televisión de Syracuse aceptó hablar ‘off the record’: “Estamos en la sociedad de ‘You Tube’, todo el mundo quiere salir en televisión pero no es nuestra culpa, es la tecnología”.
Pero Shriver, que dice que “lo lógico sería que esos asesinos miméticos” –’copy cat killers’- permanecieran en el anonimato, tiene muchos aliados ya en el campus de Virginia Tech. Varios familiares protestaron públicamente ayer por la difusión de las imágenes de Cho. “Es el segundo asalto de la semana”, dijo uno.
Lo cierto es que, después de cinco días de convivencia con el circo mediático en el campus de Virginia Tech era difícil evitar la conclusión desesperante de que existe, en realidad, una relación simbiótica entre los desquiciados ’school shooters’ de Columbine o Virgina Tech y los medios masivos. Tanto la mente atormentada de Cho como los grandes medios crecen y se reproducen dentro de una meta realidad, el uno alejando al otro aun más de una realidad humana. Cho llevaba una lucha patológica contra su aislamiento social y paranoia y la libraba en un mundo de fantasía necrófila en la que se veía como un guerrero suicida vengándose de no se sabe muy bien quién. ¡Qué horror! ¡Qué tragedia!, repetían los presentadores.
“Cho se fue alejando cada vez más de la realidad”, decían los telepsicólogos que sustituyen a los telemilitares en cada canal. Pero las cabezas parlantes iluminadas con focos delante de las cámaras no parecían menos alejadas de la realidad, ni menos perversos, con sus caras sobremaquilladas y gestos afectados de compasión, imágenes que serían editados y yuxtapuestas con las fotos y vídeos espeluznantes de Cho sin maquillaje pero sí en uniforme de asesino Rambo blandiendo las pistolas que segarían 32 vidas, y la suya. Hasta puso un título mediático abreviado al estilo de un diario tabloide en la imagen infame: “Killer speaks”, ¡Habla el asesino¡ Por eso, cuando llegaron los chavales exigiendo que los medios se marchasen de la Hokie Nation, estuve a punto de tirar mi cuaderno a la papelera e unirme a ellos.
¿Es la Navidad una anormalidad necesaria?
Es difícil escribir en Navidad. La literatura navideña está ahogada por los clichés de las tarjetas que se envían para esta fecha y que auguran felicidad, paz y amor “en compañía de los suyos”, y por un barniz ligeramente empalagoso de buena voluntad que suele comenzar a desvanecerse antes que asome el nuevo año. Luego todo vuelve a la normalidad. ¿Qué es la normalidad? En principio, es la pregunta más difícil de responder para cualquier persona consciente de sus limitaciones. En todo caso, no lo es la Navidad ni esa vaguedad llamada espíritu navideño. Diría que normalidad en esta sociedad salvajemente capitalista -cultora de un individualismo tan acérrimo que mata la belleza del individualismo natural- es indiferencia ante el prójimo, irresponsabilidad por los problemas comunes y por la continuidad de la vida en el planeta, apetito voraz por los bienes materiales y sobre todo estupidez, soberana estupidez por llenarnos de cosas que no llenan, por ser incapaces de recuperar la espontaneidad y por vivir en función de lo que se espera de nosotros que, por supuesto, nada tiene que ver con el espíritu navideño y mucho menos con la felicidad real que es tan difícil de definir como el espíritu navideño.
lizar varios raseros diferentes: auténticos, puramente formales, indiferentes y falsos. Creo que los tres últimos rubros constituirían el 70% (y soy generoso en la cifra a causa del puro espíritu navideño que me posee hasta pasado mañana) del volumen total. Felizmente los deseos aún no se pueden pesar, y ello nos debe alegrar, pues ver las verdaderas cifras sería como ver cómo será nuestro rostro o lo que quedará de él dentro de cincuenta años. Un desastre para el cual no estamos preparados. Un espanto tan impúdico como el ballet de buenos sentimientos que ocultan al depredador que gobierna en nosotros el resto del año, cuando no se escuchan yingubeles, no hay renos eléctricos por las calles, Papá Noel descansa en el Polo Norte, los Reyes Magos dan un descanso a sus camellos, San José administra la carpintería, María ocupa su lugar de segundo orden al interior de la sinagoga y Jesús, nuevamente adulto, se muestra angustiado por la justicia humana y por ello es perseguido en cada uno que actúa como hubiera actuado él si le hubiese tocado vivir en nuestro tiempo.







