La República en su suplemento Domingo, tiene una nota con el título: Pisco, no se oye Favre.
La entrada dice más o menos así: Entre Julio Favre y los damnificados de Pisco hay 231 kilómetros de distancia. Él despacha en un edificio de San Isidro, mientras la población de una urbe en ruinas espera noticias suyas (…)En Lima el titular de Forsur trabaja duro, pero a puerta cerrada y prácticamente solo. (…) Lo que Pisco necesita, Sr. Favre, no es un gerente, sino un gestor social que lidere la reconstrucción y el desarrollo.
La sugerencia del periodista, puede ser también la sugerencia del pueblo. En caso que no lo sea, debería. El problema es ¿A alguien le importa? Tanto a los responsables como a los beneficiarios ¿Al Estado le importa lo que realmente necesita la gente? y a la gente, ¿le importa que el Estado sepa realmente lo que necesita, o está esperando que adivine o que llegue una cámara de tv para decirlo “en pantalla”?
La primera respuesta podría ser “claro que a la gente le interesa que el Estado sepa lo que necesita”. Sin embargo, tenemos un gran problema con un sector acostumbrado sólo a extender la mano, que refuerza (queriendo o sin querer queriendo) aquella imagen de compasión que gran parte de “las mayorías solidarias” tiene de “los pobres”.
Ejemplo, ejemplo. Hace un par de semanas la institución en la que trabajo (no diré cual, y quien sepa cual es, agradezco no mencionarlo ni tangencialmente) nos llevó a Pisco, de voluntarios. Claro, está bien, tienen toda la buena intención, y eso es genial, pero (lamentablemente pero) de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno, y otros caminos también menos nobles.
¿Qué sucedió? Llegamos a un asentamiento humano en Pisco, dónde era muy complicado determinar quienes lo habían perdido todo, y quienes no habían tenido nada que perder. (Miren la foto, y digan como dijo la muchacha que hace un par de meses entrevistó Mathias Brivio: “o sea, no me imaginaba que hay gente que vive así”. Es real, ¿manyas?)
¿Qué se llevó? Ayuda completa para instalar un comedor popular, diversos objetos de utilidad casera (bateas, cubiertos, frazadas, etc.), mucha agua, alimentos enlatados y “una tarde de recreación a los niños”. Ingenioso de parte de la empresa, llevar el juego de caritas pintadas a un lugar donde no hay agua potable. O sea… Claro, los niños super emocionados a pesar de que no teniamos idea de como los estábamos pintando, a pesar de que nadie tenía idea si había suficiente agua y jabón.
En fin, niños y niñas felices, padres sonrientes. Ojo, los padres no sonreían por las caritas pintadas, sino por la repartición de carpas y bienes. Carpas que fueron repartidas sin un criterio preciso, pues aunque entendiendo que las ganas de ayudar son muchas, es tranca entender como gente que ya había recibido donaciones anteriormente prometía deshacerse de ellas para quedarse con las que ahora se llevaba, en lugar de “cederle el honor” a la vecina que parece no recibió nada antes. Y no es el caso que lo que se ofrecía era mejor que lo llevado anteriormente: hubo que hacer grandes esfuerzos para convencer a un señor que no desarme una carpa tipo iglú, de buen material, bien anclada en el piso y recontra espaciosa, para instalar la carpa que habíamos llevado, que tenía todo el aspecto de carpa - puesto de vacunación del MINSA, que no había forma de mantenerla en el piso sin contrapeso. Es más, alguna de ellas voló. Y al final el señor de la historia se quedó con una carpa (además de la que ya tenía) de las 10 que se habían llevado, mientras una señora venía corriendo a preguntar ¿no queda una carpita?
Esto sin incluir en incidente que protagonizaron dos señoras, porque una de ellas cogía una batea más de la que le correspondía, y sin añadir que dos sujetos de aproximadamente 16 años jugaban con su celular motorola con cámara, pantalla a colores y radio y mp3, sacando cachita a pequeños nokias, motorolas y demás de pantalla monócroma (o sea, tenían mejor celular que yo), añadiendo que mientras cargábamos las 100 cajas de 20 litros de agua sólo uno o dos de los pobladores se acercaron a ayudarnos mientras los otros miraban y reían, me trajo a la cabeza la frase “Nadie sabe para quien trabaja”.
Terminada la labor, cogimos carro de vuelta, y mi vesícula biliar explotó cuando el carro dió la vuelta por lugares que a leguas necesitaban mucha más ayuda. Ahora, lo anecdótico del asunto, y que contribuyó a mi posterior enfermedad de cólera, es que durante la jornada de trabajo el equipo de imagen de la institución entrevistó a diversos participantes que tenían que declar ante cámaras “la alegría que les produce que nuestra institución apoye y lleve ayuda a personas de la zona afectada por el terremoto”. Y claro, al final la foto de todos al grito de misión cumplida. Claro, había gente que necesitaba ayuda y se le ayudó, pero entonces no queda claro ¿cuál era la misión?
¿Otro ejemplo? el artículo mencionado arriba. ¿más? lo mencioné a la volada cuando hablé de las piletas de Castañeda, aquella inversión inútil que ahora ya no tiene la gran cantidad de visitantes del principio (ya puede darse su vueltita si desea), ergo, ya no genera aquella ganacia prometida que sostendría proyectos sociales y bla bla bla.
Bla, bla, bla el de aquellos que tienen que trabajar para el pueblo, que deberían validar bien sus intervenciones, no hacer o decir lo que “se supone que la gente necesita”. No se puede saber lo que la gente necesita desde una oficina ubicada en cualquier lugar, menos en el indicado: el lugar que va a recibir la ayuda, desde el cual se puede evaluar mejor que es eso que se necesita. ¿Es que realmente nadie sabe para quien trabaja?
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December 9th, 2008 at 10:37 pm
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