(mi) historia de un terremoto (I)
Para todos desde mi generación hacia abajo, es nuestro primer terremoto. Para todos los que vivimos en Lima. Fue caótico, estremecedor, y sacudió no sólo la tierra y las bases de todos los edificios, sino nos sacudió completitos. Como dijo Hildebrant: cuando la tierra tiembla, no somos nadie.
Y entonces, no fuimos nadie. El alero de un quinto piso que me albergaba en ese momento, en un antiguo, pero dicen seguro, edificio del Centro de Lima, se movió como gelatina. Fiel a mi costumbre, traté de esperar que el temblor pase. Pero no pasaba. Me levanté a abrir la puerta de la oficina rogando que mi madre no se haya caido al correr, y que sus nervios no le hayan jugado una mala pasada, mientras el piso seguía temblando bajo el taco 5 de mis botas, que me ayudaron a pensar que en realidad no era que el piso tiemble, sino que yo no estoy hecha para los tacos “aguja”, hasta que un grito me regresó en milésimas de segundo a la realidad..
El grito era de Kristy, una de mis dos compañeras de oficina. Nerviosa, llorosa, embarazada y temblorosa se refugió entre una puerta de lunas y un enorme espejo. Cynthia y yo tuvimos trabajo para sacarla de la oficina sin darle un par de cachetadas y tratar de calmarla mientras ella lloraba y temblaba, y seguía embarazada y nerviosa. Bajé los cinco pisos rodeada de por lo menos 80 personas que le imploraban calma a Kristy, pero que en realidad parecía que se lo estaban recordando a ellos mismos en voz alta.
Al llegar al piso tres había tanto polvo como si se hubiera caido una pared en nuestras narices, pero en una rápida mirada a mi alrededor, nada se había caído, pero no pude ni percibir las máquinas cafeteras bailando lambada. Sólo el ruido y el sentido que el movimiento ya no era producto de los tacones, me inspiraban a no soltar a Kristy y seguir bajando las escaleras rápido, rápido, pero no tanto, hasta que el grito de un sujeto a quien nunca vi el rostro, me hizo correr. “Apúrate por favor”.
Llegar al primer piso sin mi celular me hizo realizar una rápida carrera ida y vuelta al 5to piso, ni bien pasado el temblor: tenía la imperiosa necesidad, como la de todos en ese preciso instante, de saber como estaba toda le gente que quiero, de saber que en casa todos estaban bien, de ver la carita inocente y seguro llorosa de mi ahijado de 5 años, que en ese momento le preguntaba a mi mamá si ella podía coger las paredes para que no vuelvan a moverse.
Y la gente se empecinaba por regresar a sus oficinas para tener todos sus cachibaches a la mano, seguro en busca de esa sensación de que todo podía ser como antes, ignorantes de la tragedia ajena, nerviosos por ignorar la suerte de su familia, necesitando saber que “gracias a Dios nada ha pasado” para uno, sin saber que mucho, o todo había pasado para muchos.
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