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De Lima, sus piletas
No diré que quería ver cómo habían invertido los casi 13 millones, aunque si me causó mucha curiosidad la mentada cifra. Vi algo que no tenía pensado ver. Oh ingenua yo, pensando que el paseo no duraría más de una hora. Una hora fue lo que nos demoró el entrar a contemplar el dichoso espectáculo acuoso, tremenda cola de por medio. Una hora en la que mis piernas fueron maltratadas en los ires y venires de encontrar a la familia dispersa y entretener a los sobrinos cansados, comprensiblemente aburridos y obsesionados con que su madrina (entiéndase yo) les cumpla el capricho que su madre (entiéndase mi hermana) se resistió a cumplir hasta el final: comprar una suerte de varitas mágicas y espadas al mejor estilo de El Ataque de los Clones, que los vendedores vendían bajo el ingenioso título de “de lucecitas, como las piletas”. Hablaos.
Luego de dos bolsas de canchitas, tres gaseosas, algodón de azúcar y de controlar la rabieta del nene de dos años antes que su madre se convierta en la versión femenina y moderna de Herodes, logramos entrar. Sugerencia, señor Castañeda: algunos tachos de basura en el camino que ocupa la cola, no estarían mal. Así se evitaría que gente, como quien escribe, termine sucumbiendo a la tentación de decirle a cuanto irresponsable encuentre tirando papeles, botellas, bolsas y demás desperdicios (en la cara de todos los serenitos), “señor (ita) (a), se le cayó”. ¿O la idea es dar más trabajo a más peruanos y contratar mayor personal de limpieza? Como siempre, usted sabe.
Una vez adentro, no puedo decir que fui feliz. Sí, bonito espectáculo de la “pileta más ancha del mundo”. Realmente bonito, bailando al ritmo de la “melodía bonita”, como le llamaron los niños esa noche. Da ganas de meterse entre los chorros, imaginar una cascada, dejarse envolver melódicamente por los borbotones de dos oxígeno y una de hidrógeno y ser feliz. Pero eso se mira de lejitos. Tal vez por eso no fui feliz.
El chorro más alto del mundo, me espantó. No, no por mi acrofobia, sino por su impresionante chorreada innecesaria. ¿De qué sirven esos 80 metros? No lo vi bonito, lo vi solo, a pesar del cerco de chorros que la rodeaban, 80 metros más abajo. Lo vi solo, grande, imponente, innecesario e inutil, con el chorrón cual látigo, que se desparrama a merced del viento. Sorry por aguarles la fiesta a los chicos Guinnes (el Circuito Mágico del Agua y sus 13 fuentes de agua retro son record).
No salí feliz, pero salí tranquila, mojada y con la casaca escurriendo en la mano. Lo que me libró de cargar a mis sobrinos, uno en cada brazo, fue saltar dentro de una pileta. Literalmente. A estar alturas, muchos deben saber a que me refiero: esa fuente que juega con los tiempos de salida de los chorros verticales de agua, dispuestos en unas 7 filas o más, donde uno se puede pasear a su gana y gusto y dejarse remojar en pleno invierno, para luego correr, presa de una faringitis al Hospital de la Solidaridad. Filas aparentemente inofensivas de chorros de agua, lo suficientemente separadas para saltar entre una y otra como quien juega rayuela, con salidas de agua (des)sincronizadas, donde todos quieren saltar, pero pocos se atreven a entrar. Y es que realmente, hace frio, pero tal vez le suceda como a mi, y pueda sonreir.
¿No saben a qué me refiero? Bueno, recomiendo esperar un par de meses a que baje la congestión peatonal, o salga corriendo ahora y sacrifique sus riñones: parta rumbo al Parque de la Reserva, pelee para caminar, sea protagonista del agosto de los taxistas, y sea testigo de como el gobierno municipal de Lima utiliza sus impuestos. Si usted cree que los vale, pues bien, y si piensa lo contrario, pues señoras y señores, eso a ninguna autoridad le importa. Dicen que el hombre propone y Dios dispone. Y que el contribuyente paga y Castañeda se impone.
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