Archive for August, 2007

August 20 2007 9 Comments

(mi) historia de un terremoto (I)

Todos tenemos una historia que contar, luego de un temblor. Todos (los sobrevivientes) tenemos una historia que queremos, indefectiblemente, contar, luego de un terremoto. No todos somos damnificados, material, física o espiritualmente. No todos nos sentimos damnificados. Es más, no todos nos “sentimos”.

Para todos desde mi generación hacia abajo, es nuestro primer terremoto. Para todos los que vivimos en Lima. Fue caótico, estremecedor, y sacudió no sólo la tierra y las bases de todos los edificios, sino nos sacudió completitos. Como dijo Hildebrant: cuando la tierra tiembla, no somos nadie.

Y entonces, no fuimos nadie. El alero de un quinto piso que me albergaba en ese momento, en un antiguo, pero dicen seguro, edificio del Centro de Lima, se movió como gelatina. Fiel a mi costumbre, traté de esperar que el temblor pase. Pero no pasaba. Me levanté a abrir la puerta de la oficina rogando que mi madre no se haya caido al correr, y que sus nervios no le hayan jugado una mala pasada, mientras el piso seguía temblando bajo el taco 5 de mis botas, que me ayudaron a pensar que en realidad no era que el piso tiemble, sino que yo no estoy hecha para los tacos “aguja”, hasta que un grito me regresó en milésimas de segundo a la realidad..

El grito era de Kristy, una de mis dos compañeras de oficina. Nerviosa, llorosa, embarazada y temblorosa se refugió entre una puerta de lunas y un enorme espejo. Cynthia y yo tuvimos trabajo para sacarla de la oficina sin darle un par de cachetadas y tratar de calmarla mientras ella lloraba y temblaba, y seguía embarazada y nerviosa. Bajé los cinco pisos rodeada de por lo menos 80 personas que le imploraban calma a Kristy, pero que en realidad parecía que se lo estaban recordando a ellos mismos en voz alta.

Al llegar al piso tres había tanto polvo como si se hubiera caido una pared en nuestras narices, pero en una rápida mirada a mi alrededor, nada se había caído, pero no pude ni percibir las máquinas cafeteras bailando lambada. Sólo el ruido y el sentido que el movimiento ya no era producto de los tacones, me inspiraban a no soltar a Kristy y seguir bajando las escaleras rápido, rápido, pero no tanto, hasta que el grito de un sujeto a quien nunca vi el rostro, me hizo correr. “Apúrate por favor”.

Llegar al primer piso sin mi celular me hizo realizar una rápida carrera ida y vuelta al 5to piso, ni bien pasado el temblor: tenía la imperiosa necesidad, como la de todos en ese preciso instante, de saber como estaba toda le gente que quiero, de saber que en casa todos estaban bien, de ver la carita inocente y seguro llorosa de mi ahijado de 5 años, que en ese momento le preguntaba a mi mamá si ella podía coger las paredes para que no vuelvan a moverse.

Y la gente se empecinaba por regresar a sus oficinas para tener todos sus cachibaches a la mano, seguro en busca de esa sensación de que todo podía ser como antes, ignorantes de la tragedia ajena, nerviosos por ignorar la suerte de su familia, necesitando saber que “gracias a Dios nada ha pasado” para uno, sin saber que mucho, o todo había pasado para muchos.

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August 05 2007 11 Comments

De Lima, sus piletas

Hoy, haciendo caso a una tradición inexistente en la familia, sucumbí a la fiebre acuosa que está invadiendo Lima, y se me ocurrió ir en familia, el manchón de a 5 + 2 (niños de yapa), a visitar la última inversión de Luchín Castañeda: las piletas del Parque de La Reserva.

No diré que quería ver cómo habían invertido los casi 13 millones, aunque si me causó mucha curiosidad la mentada cifra. Vi algo que no tenía pensado ver. Oh ingenua yo, pensando que el paseo no duraría más de una hora. Una hora fue lo que nos demoró el entrar a contemplar el dichoso espectáculo acuoso, tremenda cola de por medio. Una hora en la que mis piernas fueron maltratadas en los ires y venires de encontrar a la familia dispersa y entretener a los sobrinos cansados, comprensiblemente aburridos y obsesionados con que su madrina (entiéndase yo) les cumpla el capricho que su madre (entiéndase mi hermana) se resistió a cumplir hasta el final: comprar una suerte de varitas mágicas y espadas al mejor estilo de El Ataque de los Clones, que los vendedores vendían bajo el ingenioso título de “de lucecitas, como las piletas”. Hablaos.

Luego de dos bolsas de canchitas, tres gaseosas, algodón de azúcar y de controlar la rabieta del nene de dos años antes que su madre se convierta en la versión femenina y moderna de Herodes, logramos entrar. Sugerencia, señor Castañeda: algunos tachos de basura en el camino que ocupa la cola, no estarían mal. Así se evitaría que gente, como quien escribe, termine sucumbiendo a la tentación de decirle a cuanto irresponsable encuentre tirando papeles, botellas, bolsas y demás desperdicios (en la cara de todos los serenitos), “señor (ita) (a), se le cayó”. ¿O la idea es dar más trabajo a más peruanos y contratar mayor personal de limpieza? Como siempre, usted sabe.

Una vez adentro, no puedo decir que fui feliz. Sí, bonito espectáculo de la “pileta más ancha del mundo”. Realmente bonito, bailando al ritmo de la “melodía bonita”, como le llamaron los niños esa noche. Da ganas de meterse entre los chorros, imaginar una cascada, dejarse envolver melódicamente por los borbotones de dos oxígeno y una de hidrógeno y ser feliz. Pero eso se mira de lejitos. Tal vez por eso no fui feliz.

El chorro más alto del mundo, me espantó. No, no por mi acrofobia, sino por su impresionante chorreada innecesaria. ¿De qué sirven esos 80 metros? No lo vi bonito, lo vi solo, a pesar del cerco de chorros que la rodeaban, 80 metros más abajo. Lo vi solo, grande, imponente, innecesario e inutil, con el chorrón cual látigo, que se desparrama a merced del viento. Sorry por aguarles la fiesta a los chicos Guinnes (el Circuito Mágico del Agua y sus 13 fuentes de agua retro son record).

No salí feliz, pero salí tranquila, mojada y con la casaca escurriendo en la mano. Lo que me libró de cargar a mis sobrinos, uno en cada brazo, fue saltar dentro de una pileta. Literalmente. A estar alturas, muchos deben saber a que me refiero: esa fuente que juega con los tiempos de salida de los chorros verticales de agua, dispuestos en unas 7 filas o más, donde uno se puede pasear a su gana y gusto y dejarse remojar en pleno invierno, para luego correr, presa de una faringitis al Hospital de la Solidaridad. Filas aparentemente inofensivas de chorros de agua, lo suficientemente separadas para saltar entre una y otra como quien juega rayuela, con salidas de agua (des)sincronizadas, donde todos quieren saltar, pero pocos se atreven a entrar. Y es que realmente, hace frio, pero tal vez le suceda como a mi, y pueda sonreir.

¿No saben a qué me refiero? Bueno, recomiendo esperar un par de meses a que baje la congestión peatonal, o salga corriendo ahora y sacrifique sus riñones: parta rumbo al Parque de la Reserva, pelee para caminar, sea protagonista del agosto de los taxistas, y sea testigo de como el gobierno municipal de Lima utiliza sus impuestos. Si usted cree que los vale, pues bien, y si piensa lo contrario, pues señoras y señores, eso a ninguna autoridad le importa. Dicen que el hombre propone y Dios dispone. Y que el contribuyente paga y Castañeda se impone.

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