Y volvió. En 1976, cuando nadie de mi generación siquiera revoloteaba por la imaginación de nuestros padres, nació el personaje al cual indefectiblemente, y hasta sin querer queriendo, (casi) todos quienes lo conocen, le tomaron tanto cariño. Y así, casi olvidan que Stallone no es tan buen actor, y que por ello Rocky Balboa no hablaría nunca como una persona “normal”.
Sí señoras y señores, Rocky Balboa, el casi tonto, el “sueño americano”, el ídolo. El padre tierno, el eterno enamorado, el confiado, el golpeador buena gente. El personaje que muchos ojos críticos destruyen. Sin embargo, es más que probable que esos mismos ojos críticos hayan dejado escapar una lágrima al ver a Rocky subir las escaleras seguido de decenas de admiradores, o a Adrien, su esposa, subir al ring y abrazar a esa masa de músculos, sudor y sangre al finalizar la pelea que cierra Rocky 1, o cuando Micky muere, o cuando Apolo pasa a mejor vida luego de un show innecesario, o cuando el hijo de Rocky se reconcilia con su padre en Rocky V. O cuando se enteraron que filmarían la 6ta parte de este, les guste o no, clásico del cine.
Cierto que el escepticismo reinaba no sólo en los ojos de la crítica, sino hasta en los ojos de los fanáticos. Rocky es una saga de cinco películas, en su mayoría mal hechas, sin brillantes actuaciones y sin un argumento impresionante. Pero es Rocky, y se hizo querer, y así lo aceptamos, y así lo queremos, y es muy probable que así lo quieran nuestros hijos. Y porque es Rocky, la semana pasada las salas de cine estaban repletas. Y porque es Rocky, la gente se emocionó y fue a ver la película sin importar los ojos críticos. Y porque es Rocky, valieron la pena los S/. 6.50 para verlo, porque las 70 personas que llenamos la sala ese martes, no teníamos uso de razón cuando nuestros padres vieron sus primeras aventuras seguro en algún viejo cine de Lima. Y porque es Rocky todos nos guardamos nuestro ojo crítico para dejar pasar una lagrimita por la familia Balboa. (El porque no lo diré, no es necesario)







