Recuento
Tenía apenas 3 años cuando mis padres me abrieron la maravillosa puerta al mundo de la lectura. Sí, no mis maestros de jardín, sino mis padres. Él por su natural fascinación a las letras, ella por marcar mi sentido de independencia (lee tus cuentos tú sola!). Y se los agradezco infinitamente, aunque por ello mis profesoras me hicieron rebotar cual “chibolita” viniball por todos los salones del centro educativo, sin ofrecer más estímulo que el exhibirme como bicho raro. En el colegio, todas las que tuvimos la fortuna o desgracia de saber leer y no tener 6 años, tuvimos que “repetir” inicial. Gracias a los padres que no buscaron otro colegio y a las monjitas, ese año muchas niñas de rizos (naturales o no) y lacitos blancos lloraban al momento de entrar al plantel, pero no de pena, sino de aburrimiento. ¿Resultado final? una anotación que decía “la niña es muy inquieta”. Todas las que respondíamos a ella queríamos cambiarla por “la niña se aburre en clase”.
Tuve profesores extraordinarios, académica y humanamente hablando. Recuerdo una en 3ero de primaria, culpable de que nuestra ortografía sea al menos aceptable. Exigía en lectura, escritura, gramática y ortografía, y era cariñosa como todas las profesoras de primaria que he tenido. Tuvo que salir del colegio porque a ciertas madres de familia no les parecía justo que sus pequeñas y pobres hijas le dediquen tanto tiempo al estudio. ¡Oh pobres de ellas ahora también! Igual respeto a mis “profes” de literatura, historia, razonamiento, álgebra y química. Felizmente no hubo forma de que a ellos, madre alguna (de familia o no) los saque del colegio. Cuando caímos en cuenta que hay profesores que no valía la pena escuchar, no importó que mucho de sus cursos se perdiera en nuestro banco de memoria. Mientras, otros profesores nos ocasionaban neuróticas carreras a las bibliotecas y en casa, muchos padres se rehusaban a cambiarnos de colegio: “El colegio de monjas y la educación en valores, bla, bla, bla”… Hay padres que creen que el colegio les tiene que ahorrar el terminar de educarnos.
Preparme para la universidad fue un verdadero cólico biliar. La exigencia casera de ingresar a la primera no concordaba con los temas que venían en el examen de admisión, puesto que ignoraba la existencia de muchos de ellos. ¿En dos meses y medio es imposible aprender todo lo que no aprendiste en 12 años? No lo sé, pero al fin y al cabo, ingresé. Una vez dentro, la situación no es menos crítica. Yo quiero mucho a San Marcos, pues ahí aprendí mucho…y mucho más fuera de las aulas. La infraestructura es mala, no comparada con las universidades particulares, sino con estándares básicos. Hay pabellones mal construído, casi todos los baños son más que deplorables, hay facultades por las que da pena pasar…En fin, a pesar de todo ello, ha mejorada comparando con lo que había hace 30 años. ¿La evolución de la tortuga?
¡Ay los profesores! ¿Cómo un profesor que pone 19 de promedio, sólo por haber ser anfitriona en un evento no está sujeto a tacha? ¡Sorpresa! es nombrado. Mientras, en otro salón, 30 alumnos nos preguntamos porque no hay más profesores como aquella que acaba de donar una docena de libros que ya no usa (a nosotros nos sirven), da referencia bibliográfica que normalmente no buscamos porque no sabemos que existe, y además exige que nos comportemos como los comunicadores sociales que queremos ser. Profesores de ésta última clase no contamos más de 12, entre los casi 40 que tenemos. De esos 12, ni la mitad están nombrados. Y alumnos que acaban porque los profesores les regalaron la nota, abundan. Aquellos que acaban en porque estudiaron, investigaron y se esforzaron…son pocos. Alumnos que tratan de seguir investigando y estudiando al acabar la carrera, menos…y aquellos que exigen una mejora real en la situación académica no llegan a 100. Alumnos que creen que no pagando matrícula se está mejorando la educación, desgraciadamente hay miles.
Resumiendo… Pues si bien papá gobierno no es banco gratuito, tiene que mejorar la infraestructura y apoyar el desarrollo de los maestros en todos los niveles. A los profesores hay que exigirle que se actualicen, que nos enseñen y no nos regalen la nota. Y claro que se les tiene que evaluar…y capacitar, y mejorar los sueldos, pero no es justo que muchos se escondan tras el nombramiento intocable para brindar educación de pésima calidad. No todos tienen el privilegio de estar en la universidad…estudiante que no lo aprovecha, ¿que hace ocupando el asiento? Si pues, todos somos disfuncionales en nuestro papel para mejorar la educación. ¡Qué esperamos para dejar de serlo! ¿A ver, quien tira la primera piedra? La idea es que no nos apedreemos en mancha.






