Hay por lo menos 5000 textos en el cyberespacio que nos hablen de la Navidad: su significado, historia, importancia y todos los etcéteras que se puedan imaginar, y a pesar de ello es curioso que ninguno de ellos me convenció. Por el contrario, me quedé prendida de un par de frases, entre ellas la de Hamilton Wright Mabi, quien define de la siguiente forma: “Bendita sea la fecha que une a todo el mundo en una conspiración de amor”. Es difícil darle sentido a esta frase cuando nos vemos bombardeados de publicidad, juguetes y papeles de regalo, sobretodo porque parece que muchos al nacer venimos predispuestos a relacionar la Navidad con los regalos, Papa Noel y su mancha y toda la bisutería de arbolitos y coronas.
Es cierto que mientras en un lugar habrá pavo, panetón, champagne y chocolate, hay lugares en los que comer pollo sería un milagro. Hay lugares en los que comer es un milagro. ¿Dónde está entonces esa conspiración de amor mundial de la que habla esa frase, cuando la gente se mata tanto en Irak como en Ayacucho?
Parece mentira, pero después de desanimarme con esta idea, encontré un poco la respuesta en otra frase, esta vez del escritor británico Gilbert Keith Chesterton: “Siendo niños éramos agradecidos con los que nos llenaban los calcetines por Navidad. ¿Por qué no agradecíamos a Dios que llenara nuestros calcentines con nuestros pies?”. También es cierto. Había una amiga en la universidad que solía decirme cuando me veía triste: “Ánimo, no estamos muriendo en Palestina”. Y me hacía sonrojarme de mi propia estupidez. Tenemos privilegios, como el poder estar leyendo estas letras, tal vez inútiles, como el poder regresar a casa (el tener una casa a la cual volver), como poder comprarle en la esquina un regalo por navidad a muchos de nuestros amigos. Y la Navidad se convierte en la perfecta excusa para salir de la rutina y ocuparnos del otro. De ese otro al que tanto quiero, de ese otro al que quiero hacerle sentir que lo quiero. Y eso es bueno, y estoy empezando a creer que forma parte de esa conspiración.
Y en otros lugares hay gente que no tiene los privilegios que nosotros, sin embargo tiene su propia manera de sonreir, o de hacer sonreir a esa otra persona que tanto quiere. Tal vez nosotros creemos que quien no es feliz según nuestros estándares de felicidad, no lo es. Pero ¿y que de esos niños que se alegran recibiendo un solo juguete en navidad? Esa es otra manera de hacerlos felices (ojo, no la única) o de aquellas personas que son felices en navidad al recibir una llamada de alguien que está lejos.
Ciertamente no me consuelo mucho con estas últimas reflexiones. Me gustaría que se acabe la guerra en Irak y que los soldaditos regresen a casa, que no hayan más revueltas ni en Ayacucho ni en SJL ni en la esquina de mi casa, que a ningún niño le falte un juguete, un chocolate o un pedazo de panetón. Y que todas las familias del mundo puedan reunirse en torno a un simbólico nacimiento y sonreir, y que todos tengamos en cuenta que la Navidad es cosa de un niño que llamamos Jesús, porque vino al mundo y hay que celebrarlo, porque los nacimientos siempre son mejores que los velorios, y porque es ese niño que llamamos Jesús quien mueve esos sentimientos de caridad y amor que nos embargan muchas veces sin saber de dónde. Pero eso no está exclusivamente en mis manos.
Es curioso, he pasado más de dos horas en la red buscando quien es Hamilton Wright Mabi y no encuentro una sola aproximación a su persona, sin embargo encuentro aquella frase regada por todo el cyberespacio. Y así sigo pensando en la conspiración de amor. Y creo que son parte de esa conspiración mi adorada CVX y el maravilloso trabajo que hicimos este año y el famoso y bendito voluntariado formativo que tantas maravillas me ha enseñado. Y el esperar que sea 25 para darle un rompecabezas a mis sobrinos, y el no dejar de pensar en aquel otro que no tiene. Y el elevar una oración para que el día que conmemoramos el nacimiento de Jesús el mundo entero pueda sonreir sólo por ello. Porque si la gente no reconoce el nacimiento de un Dios, bien puede reconocer el nacimiento de un gran hombre.







