“A las personas mayores les encantan las cifras”. Esta frase, extraída del más famoso libro del francés Antoine de Saint Exupery, El Principito, se me viene a la cabeza al ponerme a pensar en el tan discutido y vituperado informe de la CVR, que hace tres años viera la luz, para pasar inmediatamente a la más completa oscuridad, aquella sombra que pretende elvolverlo, aquella sombra que se llama olvido.
Es sorprendente. La CVR nació con el propósito de esclarecer un doloroso y complicado pasado como nación, y su arduo trabajo tratando, en apenas dos años, de poner en cifras 20 años de sufrimiento y destrucción, es ahora cuestionado de las formas más impensables. La “inverosimil” cifra de 69 mil muertos a causa de la violencia interna, a manos de terroristas, civiles, y militares, productos de una aún confusa guerra interna, no convence a quienes, como diría Saint Exuperi, les encantan las cifras. Y es que el genial aviador francés olvidó poner en su historia que a muchos les gustas ser dueños de los números, pero no a todos les gusta ser responsable de ellos.
Dios nos coja confesados

Esta frase siempre me pareció especialmente fatalista y especialmente cucufata. Pero quien soy yo para hablar de cucufaterías sin recibir el castigo divino, y lo digo especialmente por nuestra querida y siempre bien ponderada Iglesia Católica - Apostólica - Romana, a la que pertenezco por decisión de mis padres primero y por “rebeldía” mía después.
Los Derechos Humanos y las organizaciones que los defiendes, no serán nunca una cojudez, respetado señor Cipriani. Y es que nadie tiene la verdad absoluta ni la última palabra, salvo nuestro señor Jesucristo, con quien, sobre todo últimamente, todos tenemos muchos problemas de comunicación. Así, respetado señor Cipriani, primado de la Iglesia Católica en el Perú, ¿me puede asegurar que Jesucristo piensa igual que usted? Entonces que perdone a los cientos de miles de personas, que trabajando ad honorem se les ocurrió pensar que este país debía conocer su verdadera historia, por más dolorosa que fuera, asumir su responsabilidad estatal y civil, en lugar de ocultar su verdad (ay como duele a veces!) histórica, para por fin tratar de constituirse como nación y trabajar por esa articulación nacional tantas veces mencionada, incluso en sus sermones dominicales.
A la policía (y a las Fuerzas Armadas) se la respeta. ¿Y a nosotros?
Esta es la pregunta que ronda por mi cabeza, sin ánimo de ofender, y con su permiso, Almirante Giampietri. Con su permiso, respetabls fuerzas del orden. Ojo que estoy pidiendo permiso para exponer mi disconformidad en un país donde la libertad de opinión y expresión son las abanderadas de nuestra democracia. Y ojo que estoy exponiendo mi opinión en un espacio bastante personal, que apenas mis compañeros de la universidad y algun cybernauta casual (si pues, a veces caemos en páginas que no tenemos idea que existen, ni por qué existen) se dará el trabajo de leer.
En fin, con su permiso decía. Y con el permiso de todos aquellos que murieron en el cumplimiento de su deber, en una lucha que probablemente aborrecían, pero en la que creían por el simple hecho de creer en el Perú. Y con el permiso de todos aquellos militares y civiles que lucharon porque no haya ni una muerte más, ni un inocente más caído, y ni una injusticia más en este injusto país.
Re - pa - ra- cio - nes
Cuando consulto la página de la Real Academia Española (RAE) - gracias al sabio consejo de mi padre, mi gran aliado - me encuentro con una sorpresa: reparar significa no sólo arreglar algo que está roto o estropeado, enmendar, corregir o remediar o desagraviar, satisfacer al ofendido. Reparar también significa Atender, considerar o reflexionar y en una 11ava acepción Pararse, detenerse o hacer alto en una parte. Y creo que son estas dos acepciones las que nos hacen un llamado a la conciencia, a la paciencia y a la reflexión personal y social - comunitaria.
Reparar no es sencillo, menos aún cuando los responsables directos, por acción no están determinados, igual que los agraviados, pues no todos están reconocidos. Sin embargos, reparemos haciendo un alto. Un alto de 20 años de historia que son tan nuestros como nuestros propios huesos y la sangre que corre por nuestras venas. Esa sangre que heredamos de nuestros padres y que no nos pesa, al igual que aquella historia que heredamos y que no nos debe pesar, pero en la cual debemos reparar y tratar de reparar, al menos haciendo ese alto y reconociendo que ello no se debe repetir, y cuestionandonos personalmente, ?¿que hago yo para que esto no se repita?
Y es que si no pensamos que hacemos o que podemos hacer cada uno de nosotros para no repetir historias (por acción y omisión), pues entonces mejor no pensemos que el Perú es nuestra patria. Más allá de las cifras establecidas, está una realidad a la que no podemos cerrar los ojos y estamos nosotros, actores de esta nueva parte de la historia. De quienes depende que la historia sea verdaramente nueva.